MUSICA
La pasión según San Flavio
Recién llegado de México, Flavio Cianciarulo acaba de editar El
Marplatense, el segundo álbum que edita sin Los Fabulosos Cadillacs. Mientras se
prepara para volver a escena al frente de Calaveralma, su flamante quinteto, el
autor de “Mal bicho” recorre su vida antes y después de Los Cadillacs, explica
por qué abandonó las canciones de barricada y promete que tarde o temprano
volverá a rockear.

Por Martín Pérez (Página/12, Mayo 2003)
“Los amiguitos estaban ahí nomás”, dice Flavio Cianciarulo cuando evoca el año
que pasó en México. No está hablando precisamente de la gente que conoció en el
país donde nació su mujer. Habla de una particularidad botánica del estado de
Nuevo León, de la ciudad de Monterrey y, más específicamente, de la Villa de
García, un pueblito a unos treinta kilómetros de la gran ciudad, rodeado de
desierto y montañas, cuyo paisaje asocia con el de Tilcara. Los “amiguitos” a
los que alude Flavio son los hongos –el mito alucinógeno mexicano por
excelencia–, que encontraba con facilidad cada vez que daba un breve paseo por
el desierto que rodeaba el pueblo. “Casi se podía decir que salía al fondo de mi
casa, caminaba un poco y encontraba peyote”, exagera (apenas) el bajista, que ya
sabe que debe hacer una pausa para que su interlocutor ocasional lance alguna
exclamación. “Yo soy muy cagón con todas esas cosas, así que nunca los probé”,
apunta, y la aclaración define muy bien su personalidad. “Pero estaban ahí
nomás, sabía cómo ir a buscarlos al desierto, y para muchos amigos eran la gran
atracción.”
Allí es donde, entre los “amiguitos” y la visita de los amigos, pasó el último
año Flavio Cianciarulo, el ex bajista y compositor de Los Fabulosos Cadillacs,
autor de temas como “Matador” y “Mal bicho”. Sin abandonar definitivamente su
hogar en el Tigre, Flavio cumplió con el demorado sueño de vivir en tierra
mexicana. Lo hizo durante doce meses, un tiempo que aprovechó para producir
discográficamente a un par de bandas y solistas del lugar, atreverse a tocar con
su guitarra por los bares un repertorio integrado por bossa, milonga y candombe,
y hasta para armar una banda llamada La Mandinga con la que toca sus nuevos
temas. Su llegada a México coincidió prácticamente con la que sería la última
gira internacional de Los Fabulosos Cadillacs, cuyos shows allí tuvieron una
repercusión sólo comparable con la que tuvo la noticia de que la banda se
separaba por tiempo indefinido. Una decisión en la que influyó de manera
contundente el capítulo mexicano en la vida de Flavio, reinstalado desde hace un
par de meses con su mujer y sus hijos en su casa del Tigre, donde su vida vuelve
a transcurrir como siempre. A una distancia prudencial de la ciudad, pero dentro
de su órbita.
Su regreso coincide con la flamante edición de El Marplatense, segundo disco sin
la banda de toda su vida, luego de aquel casero y artesanal Flavio solo, viejo y
peludo (2001) en el que mezclaba instrumentales con versiones de Spinetta y
“Mañana en el Abasto” de Sumo, pero también de “La Pomeña” o “Grisel”.
Acreditado al Flavio Calaveralma Trío, El Marplatense es un álbum en el que el
músico, acompañado por el baterista José Balé y el tecladista Gustavo Liamgot,
parece homenajear tanto su fanatismo por Rubén Rada como por Spinetta Jade,
internándose aún más en ritmos y melodías alejados del rock y regalando hermosos
temas propios como “11 chantas” o el que bautiza al disco. “Es un trabajo que
grabamos hace un año, o sea que no tiene mucho que ver con lo que estoy haciendo
ahora”, advierte Flavio, que está ensayando con un grupo que ya no es un trío:
ya se han sumado Iván Maquiavelo en percusión y Gonzalo Franzoni en guitarra. Y
al ampliarse, el grupo acortó su nombre: Calaveralma a secas. “Aunque voy a ir
al frente, decidí sacar mi nombre del grupo: somos una banda y vamos a dividir
todo entre los cinco”, anuncia el bajista y ahora también cantante, y cuando
admite sus ganas de volver a un sonido más rockero, también confiesa estar
terminando de cerrar un círculo en una vida llena de música, apasionamientos,
terquedades y sorpresas.
El tordo de los gitanos
Una encantadora foto antigua, en blanco y negro, de un niño que posa para la
cámara bien abrigado, con poncho y gorro, y que parece a punto de llorar. Ésa es
la foto de portada de El Marplatense. Y el niño es, obviamente, el pequeño
Flavio Cianciarulo, fotografiado en plena rambla de La Feliz. “El otro día me
llamó mi vieja toda emocionada,diciendo que había visto la tapa del disco y que
recordaba cuando me llevaba a la rambla, todo abrigado, apenas empezaba a
aflojar el frío marplatense”, cuenta Flavio, a quien la foto no parece
recordarle mucho más que una imagen general de su infancia en Mar del Plata. “No
nací allá sino en pleno barrio de Boedo, pero justo después mis viejos
decidieron mudarse. Así que me considero todo un marplatense.”
Cianciarulo es hijo único de un padre pediatra y una madre que tras la separación de la pareja, por necesidad, devino maestra de yoga. Pero eso ya habla de la reinserción porteña de un Flavio ya adolescente, mientras que los primeros recuerdos marplatenses evocan a un padre que trabaja en un barrio obrero llamado El Martillo, poblado por una gran comunidad gitana. “Para mi padre compuse una chacarera que se llama ‘El tordo de los gitanos’, que aún está inédita”, apunta Flavio, que por esa época comenzó allá su educación musical con una maestra de guitarra que le enseñaba zambas y chacareras.
“Soy un hijo único un poco extraño: también tuve una hermana que falleció de
manera traumática”, recuerda Flavio. Durante mucho tiempo borró de sus recuerdos
infantiles la existencia de esa hermanita adoptiva, que a poco de ser adoptada
reveló un problema neurológico degenerativo y falleció a los seis años. “Hacia
el final de mi primer disco solista hay un instrumental perdido que se llama
Danielita y está dedicado a ella”, explica. Cuando sus padres se separaron,
Flavio siguió a su madre y se instaló con ella en Buenos Aires, donde comenzó
una educación rockera intensiva a base de una dosis mensual de la revista Pelo.
“Si mi vieja daba las suficientes clases de yoga, la revista llegaba todos los
meses”, recuerda el ex Cadillac, fanático confeso de León Gieco, Moris y Seru
Giran, iconos de los que renegó al abrazar la iracundia generacional de su grupo
de siempre. “Fue como cantaron los Clash en su tema ‘1977’: no más Elvis,
Beatles o Rolling Stones. Ellos eran fans de esa música, pero era el signo de
los tiempos. A mí me pasó lo mismo: sólo cambiaron los nombres”, explica. Y
confiesa: “Al recordar toda esa época pre-Cadillac me invade una hermosa
nostalgia. Fue una música que me acompañó mucho, y que recién con el tiempo pude
ir recuperando”.
Aunque la música fue ganando importancia dentro de la vida del Flavio
adolescente, recién adulto pudo darse cuenta de que no era sólo un capricho y la
llevaba en la sangre. “Una vez estaba en el atelier de un pintor, mirando unos
grabados que había hecho en base a unas partituras antiguas de tangos antiguos,
y descubrí el nombre de Juan V. Cianciarulo. Lo llamé a mi viejo y le pregunté
quién era, y me dijo que era el hermano de mi abuelo”, cuenta Flavio, que aunque
no fue muy riguroso a la hora de rastrear sus antepasados, descubrió que los
Cianciarulo fueron una familia musical con poca suerte. Se dice que uno de sus
bisabuelos era profesor de contrabajo, y que otro le enseñó música a Cátulo
Castillo. “Cuando se convencieron de que yo les había salido músico, en mi
familia hubo una cierta frustración: se ve que la oscura historia de los
Cianciarulo los marcó. Mi viejo llegó a decirme que mis abuelos eran ‘obreros de
la música’, pero sin ningún orgullo, haciendo mención sólo al sufrimiento.”
Flavio conserva todavía hoy aquella partitura de su tío abuelo Juan: “El
pianista de Calaveralma siempre me dice que la traiga a un ensayo, que él la
puede tocar. Pero yo siempre me olvido. Así que todavía no la escuché”.
Chacarera del gordo En materia de fanatismos fugaces, una de las mejores
anécdotas de Flavio es la historia de los peces tropicales: una pecera enorme,
llena de ejemplares, que el bajista de Los Cadillacs cuidó obsesivamente,
aumentando poco a poco la colección, hasta que alguien le dijo que los peces
traían mala suerte. “Terminé vaciando la pecera con todos los peces en el
inodoro”, confiesa Flavio. “Ahora trato de sumar y no de excluir. Porque me he
pasado la vida excluyendo.” Y ahora, a los 38 años, va recuperando su pasado, el
musical y el otro. “Yo toqué el bajo enLos Cadillacs desde el primer día, pero
en casa no tenía bajo. Si no ensayábamos, no tocaba. Recién cuando cumplí los
treinta tuve un clic y decidí entregarme a la práctica de tocar todas las
mañanas, junto con el mate. Comencé a tomarme con cariño todo eso, a darme
cuenta de que era un bajista.”
Cuenta la leyenda de Los Fabulosos Cadillacs que la amistad entre Flavio y
Vicentico data de mucho antes de que existiese el grupo: de cuando el bajista
comenzó a noviar con la hermana del cantante. “Mientras salí con su hermana
nunca fui su amigo”, recuerda Flavio. “Cuando podía me tiraba algún guadañazo,
me llamaba ‘gordo cabezón’, cosas así. Pero a la semana de pelearme con su
hermana nos hicimos amigos entrañables”, recuerda. Cuando arrancaron Los
Cadillacs, Vicentico no estaba. Pero se sumó enseguida. El dúo compositivo que
formaron juntos atravesó toda la carrera del grupo; recién en la última época
quedó claro qué tema era de quién. Alguien que los conoce muy bien dice que para
saber qué lugar ocupaba cada uno dentro de Los Cadillacs hay que poner frente a
frente “Culpable” –del disco solista de Vicentico– y “11 chantas”, del Flavio
Calaveralma Trío. Pero Flavio asegura que ya desde el disco Fabulosos Calavera
(1997) estaba claro quién era quién dentro del grupo. Y en lo que a él respecta,
Vicentico –o Gaby, como le dicen sus amigos– dejó bien claro que lo suyo era ser
“un crooner increíble”. “Es lógico que suene como Los Cadillacs: son diecisiete
años de estar haciendo eso”, lo defiende Flavio, que para volver a las fuentes
eligió un camino un tanto más enroscado. “A mí me gusta complicarme la vida
musicalmente, en el buen sentido de la palabra”, cuenta, y asegura que todavía
busca su propia voz. “No me interesa ser un cantante, pero quiero cantar lo
mejor posible mis propias canciones.” Y buscar su propia voz, en Flavio, es
empezar también a ser más honesto consigo mismo.
“Nunca quise ser un cantante de barricada ni nada parecido. No reniego de mis
canciones, pero para mí fueron sólo eso: letras de canciones. Soy la misma
persona que antes; no puedo dejar de ser quien soy. Pero me interesa mucho más
mirar dentro mío. Un poco como canto en el comienzo de ‘11 chantas’: ‘Las
palabras nos quedan...’ Ya no digo: ‘las palabras te quedan, vos sos un botón’
ni nada parecido. Ahora es: ‘Las palabras nos quedan más largas que la lengua,
por eso fuimos a parar al espigón de los delincuentes’. De eso hablan mis nuevas
canciones. Voy por ahí.” Ese nuevo camino también lo persigue con la música, que
recuerda cada vez más a aquellos Fabulosos Calavera. “Aumentamos el trío porque
queremos alcanzar un sonido más rockero. La idea es no quedarse en el Club del
Vino; que podamos tocar con la banda el año próximo en el Cosquín Rock”,
confiesa Flavio, que de a poco parece haberse ido reconciliando con el autor pop
que lleva dentro.
“Estoy buscando un sonido que todavía no encontré”, admite. “No me molesta que
se vean mis referencias, pero no quiero caer en la imitación. Ahora lo que
quiero es que el grupo suene power, que tenga elementos de malambo y chacarera.
Y una murga de este lado del Río de la Plata. Igual te confieso que lo que me
enloquece son los tambores. Escucho todo el día la 2 x 4, la FM de Tango de la
Ciudad, y cuando aparece un tango con percusión me vuelvo loco.” Fanático
declarado del mejor rock uruguayo y del sonido del Beto Satragni, el bajista del
primer Spinetta Jade, Flavio se entusiasma: “Cada cuerda de bajo es como un
cuero”. Y declara cruzarse a Montevideo cada vez que puede: “Nunca me voy a
olvidar del domingo en que Hugo Fattorusso me llevó a ver a los mejores tambores
del mundo: la Cuerda de Ansina”.
Alguna vez Flavio confesó que quería terminar su carrera tocando en un trío. Con
El Marplatense parece haber cumplido el sueño. Pero ahora Flavio va por más: “Yo
tengo un sueño, que es el de estar tocando afuera y que digan ‘esto es
argentino’. Por ahí es medio infantil, pero me gustaríaalcanzar ese sonido”,
dice. Le faltan un par de meses para salir a tocar, pero dice que ya no puede
esperar más. “No me gusta hablar: lo que a mí me gusta es tocar. Que me evalúen
por eso. ¿A ver ese gordo que toca el bajo? Podría tocar mejor, o no. Pero lo
que no van a poder negar es que soy un apasionado”.